Bien, pero…

“Pero” es la última palabra que quieres escuchar la boca del pediatra de tus hijas…

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Los Bebés Perfectos

Existen! Los vi con mis propios ojos! Al menos 4 de su especie.  Cuatro bebés que duermen 20 horas al día, despertando sólo para la muda de pañal y el biberón.  Angelitos! Qué dicha para las personas que los cuidan!  Es que claro, tienen todas sus necesidades cubiertas: Mamadera a la hora, cantidad y temperatura adecuada para su estado nutricional.  Ropa limpia y abrigada según la estación.  Pañales que se cambian continuamente para evitar coceduras.  Centros de actividades, colchonetas y gimnasios para promover su desarrollo.  Controles regulares con pediatras y especialistas.   Con razón son tan perfectos!

D. tiene 3 meses y duerme todo el día. Una sabe que está bien porque a la hora de la mamadera se mueve un poco en su cama. Debe ser el olor de la leche.  El resto del tiempo, incluso mientras lo mudan o lo bañan, permanece con sus ojitos cerrados.  Cuando le cantan, sonríe y mueve las manos pero no abre los ojos.  Esto sucede durante 1 hora en el día,  cuando llega la voluntaria.  Sí, una voluntaria le ha tomado a bien y se da el tiempo de cantarle.  D. fue abandonado por su madre biológica en el hospital el mismo día en que nació.

J. no cierra los ojos. No puedo decir si está dormida o despierta porque mira el techo, inmóvil. Está cerca de cumplir 5 meses de edad.  Su mamá la visita casi a diario.  Ella está preocupada por J. pero no tiene posibilidades de llevarla a su casa.  Mientras tanto, J. espera en el Hogar.  Cuando su mamá deja el lugar, ella se queda como desorientada, cambiando la contención de sus brazos por una sillita nido en donde permanecerá la mayor parte del día.    La enfermera la toma para bañarla y le canta una nana mientras está en el agua.  Es la única vez que la vi reaccionar y devolver la mirada.  “Esa canción me la enseñó su mamá” me comenta la enfermera, notablemente conmovida.

B. no debió nacer sino hasta dentro de un mes. Cuenta la leyenda que es una sobreviviente. Dicen que su madre biológica fue a visitarla a la termo cuna del hospital y se quedó con ella todo el día, rezando. Al acercarse la tarde, le dijo a las enfermeras que iba por algo de comer.  Nunca más volvió.  Están tratando de localizarla para saber cuál será el futuro de B.  Mientras tanto, llegó al Hogar con pronóstico reservado.  Las enfermeras han hecho lo imposible por sacarla adelante.  Le dan leche con una jeringa, esperando pacientemente a que aprenda a tragar.  Le han construido un “nidito” con mantas y sábanas para que no esté perdida en la inmensidad de su pequeña cuna.  Le han reservado un lugar especial en la sala, cerca de la calefacción para regular su temperatura corporal.  Trabaja con la kinesióloga todos los días.  Ahora, B. tiene un desarrollo apropiado para su edad ajustada.

Junto a ella está la cuna de I.  Con 4 meses y sobrepeso, la comparación entre las dos niñas parece injusta. I. está despierta, chupándose el dedo.  Cuando me acerco, la enfermera me comenta: “Es muy buena, espera tranquilita su turno de atención.  Y es muy inteligente, pasa el día así, mirando a su alrededor, viendo todo el movimiento de la sala.  Luego se mete el dedo a la boca y se duerme”.  Con un gesto gentil le retira el dedo y se lo cambia por un chupón.  I. la mira, succiona el plástico un par de veces y lo escupe.  Hace un sonido gutural mientras se ríe con los ojos.  La enfermera sonríe y acaricia su pelo mientras le comenta “Dudo mucho que tu mamá te deje chuparte ese dedo”.  Sonrío porque la enfermera tiene razón.  La mamá de I. soy yo.

Mi primer impulso es levantar a I. en brazos y acunarla lo más cerca posible.  Comenzar a hablarle despacito, a contarle que soy su mamá y que el guapetón a mi lado es su papá.  Que ya llegamos.  Que ya se acabaron “los turnos”.  “Bueno, hija, no tanto así, porque en casa te espera tu hermana A. y ella también tiene un turno”, le digo un poco preocupada por su hermana mayor.  I. nos mira y repite esa sonrisa.  Parece contestarme “Yo sé, mamá”.

A los pocos minutos I. se incomoda y se pone a llorar.  Trato de cantarle una canción pero no se calma.  Reviso pañal, gases… La enfermera amablemente me sugiere que I. tiene sueño, es hora de su siesta, así que es mejor dejarla en su cuna.  La acostamos, se chupa el dedo y en dos minutos está dormida.   Se me olvidó que mi hija todavía es una bebé perfecta.  Está acostumbrada a no molestar, a contenerse sola.  Se me parte el corazón.

Con A. fue distinto.  Ella llegó tan pequeña a nuestro hogar que casi siempre estuvo en mi brazos.  A. es lo que muchos llaman una niña consentida, acostumbrada al aúpa, a que su mamá le diga muchos “sí”.  Come lo que quiere y cuanto quiere, elige su ropa y sabe perfectamente que mamá estará junto a su cama toda la noche si es necesario.  Con su carácter fuerte, su “no” decidido y sus ocurrencias, ahora es una delicia verla comienza a probar sus límites.  Pero eso es tema de otra entrada.

I. es perfecta y tengo que quitárselo. Tiene que aprender a llorar, a exigir. Porque ahora tiene alguien que le va a cumplir.  Siempre que pueda, hija, en todo lo que pueda, cuanto puedan mis fuerzas y más que eso, I. querida, estoy aquí para ti.  No sólo yo, sino que tu papá y tu hermana también están aquí.  Contigo, desde ahora, por siempre y para siempre.

Corren las lágrimas por mis mejilla y mi esposo me pregunta en qué pienso.  Le dijo “I. no se duerme en mis brazos”.  Me sonríe.  “Nos conoció hace 5 minutos, todavía no sabe que eres su mamá, dale tiempo”.  Le sonrío de regreso.  Paciencia y perspectiva, dos cualidades con las que él me completa.

I. es perfecta pero se lo vamos a sacudir. Todo lo que vivimos con A., todo lo que aprendimos desde su llegada… la misma A.!, nos ayudarán a despertarla. Por suerte el instinto me llevó primero al apego y después a la teoría, pero eso, también, es tema de otra entrada.

Favoritos

Gracias al cielo que no soy tu nuera favorita… eso me permite desoír tus consejos de vieja diabla sin el menor atisbo de culpa !