DEPRESIÓN POST 8-M

Siempre supe que tendría que volver a trabajar.  Siempre creí que sería más duro para mis hijas que para mí.  Pero la verdad es que después de re-postear videos y comentarios sobre la igualdad de género y las misma oportunidades laborales para las mujeres, he entrado en depresión.

Una mujer de verdad debe elegir entre su vida profesional y su familia.  Yo, tontamente graduada de ingeniera en medio ambiente, al menos en mi país, no tengo oportunidad de un trabajo a medio tiempo que me permita estar con mis hijas.  Además, después de pasar casi 4 años en casa criándolas, ya “no tengo experiencia” y estoy “fuera del rango de edad” para las ofertas de empleo que he encontrado.

Y claro, puedo comenzar a contarles cuánto el ser madre ha mejorado mis competencias.  O incluso el cómo ser madre debería ser un trabajo reconocido y remunerado porque está comprobado que los niños que crecen con sus madres en casa son más productivos para la sociedad en un futuro.  Sí, claro, deberían pagarme por esto.  Tal vez en algún minuto utilice mis conocimientos académicos y realice una evaluación costo-oportunidad de la maternidad.

Y también esta la opción de ponerse un negocio propio, pero es dejar, definitivamente, mi carrera de lado.  Y es eso lo que me molesta.  Saber que he estudiado 15 años de mi vida para dedicarme a algo que “no es lo mío”, porque la ventana se cerró.  Lo estoy pensando, mucho.  Por la inversión necesaria, porque sea algo motivador, por el duelo que implica saber que no puedes tener las dos cosas (maternidad y carrera profesional).

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Sinceramente, creí poder decirles a mis hijas que , cuando grandes, ellas pueden ser lo que quieran ser.  Sin embargo, me doy cuenta que la verdad es que espero poder influenciar su decisión hacia una carrera, si quieren estudiar una, que les permita manejar sus propio horarios.

Así no tendrían que pasar por la pena de elegir.

La Mudanza

Por situaciones del destino, me veo obligada a regresar a la casa de mi infancia.  Veo estas paredes y, aunque sé que lo son, no las siento mías.  Utilizo estas cosas prestadas, me alimento de comida regalada, duermo en una cama que no tiene mi olor.

Saludo y abrazo a personas con las que no tengo relación, aun cuando son mi familia de sangre.  Me siento desconectada de estas conversaciones sobre experiencias que yo no he vivido.  Me siento perdida en esta ciudad cuyas reglas no conozco.

Debo cuidar todo lo que digo y todo lo que hago para no herir a las personas que están tratando de ayudarme.  Porque, además de todo, se supone que debo sentir agradecimiento por estar aquí.  Por tener un lugar a donde llegar, en el que no quiero estar; por estas personas que me aman, pero que no entienden lo que me sucede.

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Me siento atrapada, asustada… quiero dejarlo todo y volver.  Sé que la situación anterior no era ideal, pero al menos sentía alguna especie de control.  Era mi vida.  La que yo construí cuando deje este lugar que me invade con sus recuerdo solitarios.

No estoy comparando mi vida con la de nadie, pero si yo, con 35 años y 2 tarjetas de crédito, me siento tan vulnerable como me siento ahora… no puedo ni llegar a imaginar lo que siente una niña que es movida de un hogar de acogida a otro.

 

Y me queda la culpa…

Me quedan los cariños y los sabores… me quedan los ejemplos y un par de fotografías en algún baúl… y me queda la culpa.  Culpa porque te maté hace más de 10 años cuando me obligaron a despedirme mientras estabas en cuidados intensivos.  Culpa porque ver cómo se apagaba tu luz era demasiado para mi, así que dejé de verte.  Culpa porque esta última vez ni siquiera lo intenté.  Culpa porque mi dolor impidió que mi hija conozca tu luz, aun cuando ella hubiera conocido menos que un reflejo de la mujer que yo mantengo viva en la memoria.  La mujer que no quise que tu enfermedad me arrebatara… la mujer a quien la muerte finalmente liberó.

Para el papá de mi hija…

Perdóname.

Eras lo primero en mi lista y dejaste de serlo.  Por más de diez años estuvimos ahí, hombro con hombro, viviendo la Gran Aventura.  Durante esos diez años mi trabajo era hacerte feliz, acompañarte, reírme y llorar contigo.  Hasta que un día sucedió, llegó nuestra hija, y yo me convertí en otra.  He dejado de ser TU compañera.  Perdón.

 

Gracias.

Gracias por haber cedido tu lugar.  Gracias por convertir a nuestra hija en NUESTRA prioridad.  Por entender que, por ahora, ella necesita más de mí. No creas que yo haya olvidado que nosotros también nos necesitamos el uno a la otra.

Gracias por cuidarnos.  Por soportar la presión de ser el único sostén económico de esta familia, por terminar con las tareas del hogar que no alcancé a cumplir, por hacer las compras del supermercado y cocinar el almuerzo del domingo.

Gracias por el amor le tienes a ella.  Por nivelar mi sobreprotección, por enseñar con el ejemplo, por llegar al parque y empujar el columpio,por cada pañal cambiado, por los bailes, las pelusas rosadas y los crayones.  Por llegar agotado de la oficina y que lo primero que quieras hacer sea tomarla en brazos.

Gracias porque tú sí eres mi compañero.  Por esas tazas de té a media noche, por apoyar mis locas teorías de crianza y seguir diciendo que soy una buena madre, por decir que me veo hermosa aun cuando esta mañana no me duché.Gracias también por entregarme parte del tiempo que ella nos deja disponible para reencontrarme a mí misma dentro de esta otra.

 

Te prometo.

Te prometo que en uno o dos años más, mi bebé pasará a ser nuestra hija y sobretodo, se convertirá en TU princesa.   Ella adorará hacer cosas divertidas contigo, serás superhéroe contra los monstruos en el armario y también su primer amor.  Entonces seré yo quien dará un pasito al lado.

Insignificancias

Seguro ser madre te cambia la vida.  Seguro me ha hecho una mejor persona.  Seguro también extraño a la persona que era.  Todas sabemos que extrañamos nuestro tiempo y nuestra libertad.  A quienes trabajábamos, también nos hace falta esa independencia financiera que te otorga un cheque a fin de mes.  Todas extrañamos una noche de sueño corrido.  Pero la verdad es que lo que más extraño son las cosas insignificantes…

Extraño la certeza de tomar una ducha en la mañana.  Sucede la mayor parte de los días.  Conscientemente cedo una de mis ya escazas horas de sueño para asegurarme desayuno y ducha.  Sin ellos soy inservible.  Pero hay veces en que mi hija despierta conmigo.

Extraño el último bocado de la taza de té.  Ese, en donde se acumula el azúcar y la temperatura del agua ya es perfecta.  Quisiera terminar mi taza de té con tranquilidad.

Extraño tener las manos secas por más de 20 minutos.  Todo el tiempo hay que cambiar un pañal, limpiar una carita, recoger un derrame.  Y si mi nena duerme, cocinar y lavar platos.  Mis manos se mojan al menos 100 veces al día.  Me parece que en este año y medio mis manos han envejecido al menos cien años.

Extraño mi cabello.  A mi hija le encanta acariciar mi pelo y es una sensación deliciosa pero siempre termina enredado.  Siempre está recogido en una mala cola de caballo para que no estorbe.  Extraño llevar el cabello suelto sin preocupaciones.

Extraño la música de adultos.  Extraño cantar una canción que no contenga los verbos bailar, jugar o cantar.  Que no tenga sonidos de animales o utilice las partes del cuerpo.

Extraño salir de casa con lo puesto.  Tomar billetera y llaves y salir, sin más.

Extraño terminar algún pendiente, pero la lista sigue y sigue y sigue creciendo.