La Mudanza

Por situaciones del destino, me veo obligada a regresar a la casa de mi infancia.  Veo estas paredes y, aunque sé que lo son, no las siento mías.  Utilizo estas cosas prestadas, me alimento de comida regalada, duermo en una cama que no tiene mi olor.

Saludo y abrazo a personas con las que no tengo relación, aun cuando son mi familia de sangre.  Me siento desconectada de estas conversaciones sobre experiencias que yo no he vivido.  Me siento perdida en esta ciudad cuyas reglas no conozco.

Debo cuidar todo lo que digo y todo lo que hago para no herir a las personas que están tratando de ayudarme.  Porque, además de todo, se supone que debo sentir agradecimiento por estar aquí.  Por tener un lugar a donde llegar, en el que no quiero estar; por estas personas que me aman, pero que no entienden lo que me sucede.

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Me siento atrapada, asustada… quiero dejarlo todo y volver.  Sé que la situación anterior no era ideal, pero al menos sentía alguna especie de control.  Era mi vida.  La que yo construí cuando deje este lugar que me invade con sus recuerdo solitarios.

No estoy comparando mi vida con la de nadie, pero si yo, con 35 años y 2 tarjetas de crédito, me siento tan vulnerable como me siento ahora… no puedo ni llegar a imaginar lo que siente una niña que es movida de un hogar de acogida a otro.

 

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Y me queda la culpa…

Me quedan los cariños y los sabores… me quedan los ejemplos y un par de fotografías en algún baúl… y me queda la culpa.  Culpa porque te maté hace más de 10 años cuando me obligaron a despedirme mientras estabas en cuidados intensivos.  Culpa porque ver cómo se apagaba tu luz era demasiado para mi, así que dejé de verte.  Culpa porque esta última vez ni siquiera lo intenté.  Culpa porque mi dolor impidió que mi hija conozca tu luz, aun cuando ella hubiera conocido menos que un reflejo de la mujer que yo mantengo viva en la memoria.  La mujer que no quise que tu enfermedad me arrebatara… la mujer a quien la muerte finalmente liberó.